The Purge

Que el señor bendiga a los nuevos gobernantes porque dejan que purifiquemos y limpiemos nuestras almas, Dios bendiga a Estados Unidos, una nación renacida.
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A necessary evil [flashback] — Victoria.

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A necessary evil [flashback] — Victoria.

Mensaje por Bastiàn J. Rothstein el Miér Oct 08, 2014 4:17 pm

Dicen que la confianza es de las percepciones más valiosas entre los seres humanos, que contar con credibilidad entre los contrapartes te expone como una persona ilustre y digna, como una carta de recomendación no impresa, una referencia personal invisible. ¿Para otros? Era su condena. En aquella media hora de espera los recuerdos invadieron la mente de Bastiàn como millones de bacterias atacando una austera inmunología, trasladándolo a la época de la secundaria, donde él era el autoproclamado rey, un rey que irónicamente el resto había terminado por aceptar. Entre ellos, se encontraba Victoria, una hermosa extranjera que obtuvo la atención del joven Rothstein desde que la conoció, sus facciones eran distinguidas entre las lánguidas presencias de la común genealogía americana, como una perla brillando en medio de opacadas piedras de río. Su interés había sido correspondido y pronto entablaron una exitosa relación abalada por quienes les conocían, ¿futuro? ¡Eran un par de adolescentes! Él contaba con unas altas aspiraciones que le llevarían por un camino mucho más convenenciero.

La relación culminó, como sucede con la mayoría de los tórridos romances juveniles, con alguna pelea y una posterior reconciliación que derivaría en una suerte de amistad. Bastiàn no solía confiar en el resto, sin embargo Victoria se había hecho con justo fundamento de un espacio entre sus cercanos, en su peculiar definición de cercanía. —¿Señor Rothstein? Johnson ha llegado. —la voz de Helen le sacó de sus cavilaciones, en su mente los pensamientos se disolvieron como si se tratase de tinta. —En un momento estaré allí. —se había encontrado observando a través de una de las ventanas del amplio despacho de su casa en Bel-Air, podían notarse desde allí los altos árboles verdes y los arbustos cubiertos de algún tipo de flor caribeña, un verdadero paraíso en medio de una sociedad industrializada.

El político conocía muy bien la compañía con la que había llegado Johnson, aunque no le había visto desde hacía varios meses. Era el momento de que el teatro comenzara. Se dirigió a la sala de la estancia, llevaba un pantalón jean oscuro, zapatos casuales y un suéter negro remangado hasta los codos, era domingo, por lo que no había tenido que presentarse en el ayuntamiento y contaba con el tiempo adecuado para comenzar su sobrio plan. —Te dije que no la trajeras aquí. —musitó en voz alta a las espaldas de los presentes, la figura de la mujer era tal como le rememoraba, delgada y con el dorso enmarcándose en un velo de brillantes cabellos negros. Él había ordenado que le llevara allí, por supuesto, la contrató para una inexistente despedida de solteros de un igual de inexistente viejo amigo que estaba a punto de casarse, sus instrucciones fueron claras, no quería a cualquier prostituta, deseaba a una exótica, llamativa y había hecho que el mismo Johnson guardara en su memoria las facciones de la morena, ilustradas en una fotografía de hacía ya más de un año.

No había cabida para los errores y una media vuelta del guardaespaldas, junto con la acompañante, le brindó esa certeza. Allí estaba ella, tan radiante como lo esperaba, no obstante, llevaba una vestimenta que jamás le habría visto en antaño y sus oscuros ojos se encontraban ensombrecidos por lo que Bastiàn interpretó como desolación. Una oleada de sorpresa y estupefacción se ciñó en sus facciones, un desconcierto absolutamente fingido, como la mayoría de las emociones que aquel hombre expresaba. —¿Victoria? —su tono llevaba el mismo hilo tan falso como verosímil, ¡y las personas le creían! ¿No debería ser aquello considerado un don? El don de la mentira, el alcalde lo poseía desde su nacimiento. —Oh, joder, ¿qué ha pasado contigo? —dio un par de pasos aproximándose a la mujer, en sus pupilas se percibía una simulada, pero creíble preocupación. No te va la prostitución, querida Victoria.


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Bastiàn J. Rothstein

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