The Purge

Que el señor bendiga a los nuevos gobernantes porque dejan que purifiquemos y limpiemos nuestras almas, Dios bendiga a Estados Unidos, una nación renacida.
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Found another victim, but no one's gonna find Miss Jackson; (Leo K. Hietala) (Flashback)

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Found another victim, but no one's gonna find Miss Jackson; (Leo K. Hietala) (Flashback)

Mensaje por Evangeline Jackson el Mar Sep 02, 2014 3:21 pm

Found another victim, but no one's gonna find Miss Jackson

"Pero hacia el horizonte aparecía iluminado por una viva luz roja, como salpicado de sangre. El viento sobre el mar venía lleno de cenizas..." Evangeline cerró el añejo libro con delicadeza. Deslizó sus largos y delgados dedos sobre la tapa de éste, apreciando el título. "Rebecca" de Daphne Du Maurier era, sin lugar a dudas, su libro predilecto. La sola idea de que el recuerdo de una mujer fuera lo suficientemente poderoso como para arruinar un matrimonio y la vida de aquellos que los rodeaban le parecía simplemente fascinante. Rebecca... tal vez tendría que cambiar su nombre a ese y dejar de cargar con el que sus padres la habían marcado.
- Rebecca -pronunció el nombre en voz baja, en un ronroneo. Se escuchaba demasiado bien saliendo de sus labios, como un poema de Baudelaire. No pudo evitar que una pequeña y pícara risilla se escapara de sus finos labios, como si estuviese compartiendo un chiste interno. Pues le parecía hilarante que su nombre significara que era portadora de buenas noticias cuando, en realidad, cruzar una palabra con ella significaba firmar un contrato con el mismísimo diablo. Evangeline era dueña de un millón de almas en pena que habían caído en sus brazos, indefensas, sin saber ver al lobo debajo de su disfraz de cordero. Que delicia, la ingenuidad de las personas se le hacía deliciosa.

Descruzó las piernas y se levantó del sillón en el que se encontraba. Éste era de terciopelo color crema, el cual combinaba con el resto de la habitación. Toda la Mansión Jackson había sido decorada con un estilo victoriano, imitando a un palacio. Entrar en la mansión era como cambiar de siglo, especialmente al escuchar la forma en la que Miss Jackson se expresaba. Por supuesto, siempre y cuando nadie se dirigiese al ala oeste de la Mansión. Ese era el hogar de La Puta Jackson. Habitaciones llenas de instrumentos de tortura, otras decoradas con motivos de motel de alta rotatividad y un salón en el que se realizaban fiestas de connotaciones inimaginables. En el ala oeste, todo podía pasar.

Pero Evangeline disfrutaba del sol del atardecer en el ala este, el cual iluminaba a través de una gran ventana el salón de lectura. Con el libro entre manos, se dirigió a la biblioteca que allí se encontraba y lo ordenó de manera alfabética. Oh, otra víctima del trastorno obsesivo compulsivo. Evangeline no había contratado más sirvientes luego de aquella noche, ella era la que se encargaba del mantenimiento de la casa. "Si quieres que algo se haga bien, hazlo tú misma" pensaba constantemente. Pasó un dedo por el lomo de los libros en busca de polvo, pero no lo encontró. Sonrió con suficiencia. Impecable, como siempre.

El silencio reinaba en la mansión. Uno sepulcral, como si de un cementerio se tratase. Hasta que el sonido del timbre inundó la inmensidad del lugar, haciendo que Evangeline desviara su mirada hacia el reloj de pie que había en una esquina. Ya era hora de recibir a su invitado. Tenía grandes planes para esa velada. Había encontrado a un nuevo objetivo, un nuevo juguete. Un pianista, ¡vaya deleite! Y, como cereza del pastel, ciego. Se le hacía agua la boca de tan sólo pensar en las cosas que le haría, en cómo jugaría con sus sentidos agudizados... Toda una nueva experiencia.

Salió del salón de lectura y caminó tranquilamente hasta un espejo que había en el recibidor, disfrutando del sonido que producían sus tacones al deslizarse. Su cabello caía lacio sobre sus hombros, acariciándolos suavemente. Llevaba una camisa blanca de seda que había comprado en su último viaje a París, abotonada hasta la altura de sus pechos, y una falda de tiro alto que se cernía a su cintura y caía con total libertad hasta la mitad de sus muslos. Esto no importaba, claro, de todas formas el muchacho no la vería. Pero Miss Jackson siempre iba bien vestida.

Finalmente se dirigió a las enormes puertas de roble, abriéndolas y sonriendo con malicia al ver al chico allí parado, a su espera.
- Bienvenido, Leo -dijo con voz suave, sin borrar su sonrisa y se atrevió a tomar su mano para guiarlo hacia el interior.


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Re: Found another victim, but no one's gonna find Miss Jackson; (Leo K. Hietala) (Flashback)

Mensaje por Invitado el Mar Sep 02, 2014 5:18 pm

El piano era mi vida, mi todo. La música formaba parte de ésta como un escritor de sus libros y la escritura. El instrumento era mi mejor aliado y el único por el que no mandaría a la mierda todo. También era lo que me ayudaba a sobrevivir en un mundo donde si no tenías dinero no eras nadie. Las notas sonaban en aquel lugar, era un enorme restaurante donde solían ir políticos y gente con dinero. Melodías tristes y alegres según lo que pedían o las reglas del jefe, un hombre que me trataba como si fuera una alfombrilla de wc. No se podía aspirar a mucho en ese sitio, tocar melodías que aunque fueran divertidas o con sentimiento, estaban vacías en el alma. Lo peor era tener que tocar el instrumento de teclas negras y blancas y nunca disfrutar de la música que quería. Eso me jodía. Anhelaba cuando la música significaba placer y no dinero, no ordenes, no…restricciones. Todo cambiaba.

La música sonaba como un suave manto entre las voces de los comensales y los pasos de unos ajetreados camareros. Voces sin rostro, trajes sin colores, mi visión se había teñido de negro demasiados años atrás y desde entonces aquello se había convertido en un festival de voces, sonidos, olores y por último (y más inalcanzable) el tacto. Tampoco es que fuese buscándolo, pero ¿a quién no le cansa oír sin saber cómo es el otro? La imaginación jugaba el papel protagonista acompañada de los sentidos y la lógica. Pero esta noche sería diferente, muy diferente a las demás, donde cuando terminaba de trabajar volvía al pequeño piso compartido a descansar después de un largo día de trabajo, el cual causaba daños en los dedos. Las pequeñas vendas rodeaban prácticamente todos los dedos, como simples protectores después del caos en las manos.

Cuando empezó a anochecer y mi turno empezaba a terminar, dejé de tocar, pero el mundo parecía seguir su rumbo aunque sin un acompañante melodioso. Alargué el bastón buscándolo en la parte izquierda del taburete donde reposaba en las horas de trabajo y lo cogí. Con un suave empujoncito, éste se desplegó quedando alargado, el suave sonido del “tic” me alertaba de que ya estaba listo para ser el guía. Aunque esta vez la ruta variaría. Me levanté y apoyé la mano libre en la suavidad del piano de cola, antes de cerrarlo con el cuidado con el que se deberían cuidar a los niños o eso imaginaba. Me separé y haciendo el movimiento semicircular con el bastón, empecé a andar hacia la salida. Pasé por entre las sillas, mesas, gente andando y tacones sonando como si de las campanas de un pueblo se tratase. “Cloc, cloc, cloc”, voces de fondo y conversaciones que nada me interesaban, hasta que llegué a la salida. El sonido seco del bastón frente a la puerta me advirtió, con lo que la abrí y salí.

El viento me golpeó con una suave brisa que sabía a libertad entremezclada con el exotismo del lugar. Olía aun a la comida del restaurante entremezclada con la humedad de la calle, no se escuchaba a nadie, así que seguí mi camino hacia la Mansión de Evangeline. Normalmente no me fiaría de una desconocida, pero al parecer era la única que parecía apreciar la música en aquel rico y caudaloso restaurante en el que trabajaba. Me dejé llevar cuando me lo propuso y más ante la idea de que ella, tocaba o eso me dio a entender. El tono de su voz era amable en todo momento, aunque bien sabía que la amabilidad era fácil de sacar pero siempre podía esconder una arpía en el interior. Esperaba equivocarme.

Caminé por las calles, hasta dar con la indicada, el roce del bastón en la acera era diferente según calles y me guiaba bastante por las características de cada una y la experiencia en aquel sitio como mero ciudadano de tercera. Al fin llegué, aunque no tenía ni idea de la hora en la que me encontraba, más esperaba no haber llegado tarde, ya que aunque no era un antitardones, tampoco es que me gustara hacer esperar. Debía admitir que para saber la casa exacta había tenido que preguntar, a una anciana que en ese momento se encontraba hablando con otra sobre sus maridos fallecidos. Una charla un tanto funesta. Pero había llegado al destino.

Llamé al timbre, solo con ese sonido, aquella casa gritaba “Soy dinero, mi dueña es rica, hay amplitud como para tres o cuatro pistas de tenis” negué ante esos pensamientos y esperé pacientemente. Escuché tacones acercarse, hasta que poco después se abrió la puerta, sonido suave sin chirriar. Demasiado diferente de donde me hospedaba. Ella me dio la bienvenida y al parecer me ayudó, puesto que noté su mano en mi brazo, pero pese al inesperado susto entré.-Gracias-es lo único que pude decir.

Las palabras no eran mis aliadas, el silencio era mi amigo. La soledad mi compañera permanente…las relaciones no formaban parte de ese mundo solitario.

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