The Purge

Que el señor bendiga a los nuevos gobernantes porque dejan que purifiquemos y limpiemos nuestras almas, Dios bendiga a Estados Unidos, una nación renacida.
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Perro guardián • Lotus A Gizem

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Perro guardián • Lotus A Gizem

Mensaje por Adam Harker el Sáb Sep 06, 2014 8:23 am

Adam suspiró y subió el último tramo de escaleras para alcanzar el rellano de la quinta planta. El sucio blanco de las paredes era interrumpido por una única puerta sin número a cuyos lados esperaban un par de hombres de hombros anchos y antebrazos tatuados. Sus miradas fueron a parar instantáneamente sobre Adam, que no se dejó intimidar por el escrutinio visual al que fue sometido. Aquellos tipos sabían quién era él, y él sabía quienes eran ellos. No hacían falta presentaciones ni palabras innecesarias. En aquél negocio nunca se gastaba más saliva de la necesaria.

Uno de los hombres rebuscó en los bolsillos de su pantalón hasta sacar unas llaves que luego le lanzó a Adam. Él las tomó en el aire casi sin inmutarse.

Vigílalas bien –dijo el tipo antes de comenzar a caminar hacia las escaleras seguido por su compañero–. Y ten cuidado, al jefe no le gusta la mercancía dañada.

Adam aguardó a que los dos hombres desaparecieran escaleras abajo. Luego observó las llaves que mantenía en las manos, suspiró y se acercó a la puerta para abrirla con ellas. Escuchó el ruido de los cerrojos de seguridad al desplazarse, y luego entró en la vivienda. Volvió a cerrar, se guardó las llaves en el bolsillo de los vaqueros y le echó un vistazo al lugar. No era la primera vez que estaba en un piso franco, pero aquél era ligeramente distinto a los que había pisado antes. Para comenzar, las paredes estaban totalmente desnudas. No había cuadros ni espejos, tan solo una capa de pintura. Los elementos decorativos brillaban por su ausencia. Tampoco había muebles, por lo menos más de los estrictamente necesarios, y las puertas interiores habían desaparecido. Las ventanas habían sido completamente selladas, así que todas las luces estaban encendidas. Hacía calor.

Tras quitarse la chaqueta de cuero y dejarla colgada en el pomo interior de la puerta, Adam caminó para dejar atrás el recibidor y avanzar hasta lo que parecía un salón. Aquél era el cuarto central del piso; a partir de aquella zona se podía acceder a las tres habitaciones, al baño y a la destartalada cocina que, por supuesto, estaba tan vacía como el resto de las estancias. Al fin y al cabo aquella no era una vivienda para ser habitada, sino un escondite provisional.

El salón tenía el suelo de madera. Esta crujió bajo las botas de Adam a medida que él avanzaba para descubrir cada rincón del cuarto. A penas había una mesa, algunas sillas y un par de sofás bastante desgastados. No había nadie ocupando aquellos asientos, pero él sabía perfectamente que no se encontraba solo. Si prestaba atención podía escuchar algunos susurros filtrándose a través de los umbrales sin puerta que conducían a las habitaciones. También había alguien sollozando en voz baja, pero Adam se obligó a fingir que aquello no le importaba.

Ya había vigilado mercancía antes. Aunque claro, no era lo mismo vigilar un montón de cajas abarrotadas de objetos robados o fardos de droga que tener que controlar a mercancía viva.

Personas.

Años atrás, Adam se habría horrorizado al pensar que terminaría ejerciendo de perro guardián para una mafia que se encargaba de comerciar con mujeres. Sin embargo, el tiempo y la cárcel habían hecho muchos cambios en él. Tal vez demasiados, aunque ya no podía lamentarse. Era lo que era, y no había marcha atrás. Lo único en lo que debía centrarse ahora era en hacer bien su trabajo para que le dieran la paga prometida y no le metieran un tiro entre las cejas.

Adam se acercó a uno de los sofás y se dejó caer sobre él, hundiéndose en la mullida tapicería. Apoyó la cabeza en el cojín del respaldo y se dedicó a observar el techo de forma distraída. Sabía que las chicas estaban en las tres habitaciones, ocultándose a su vista. Era normal que prefirieran estar juntas y apartadas, como si el hecho de estar en aquellos cuartos les ofreciera alguna protección. Adam podría haber ido a echarles un vistazo si hubiera querido, pero prefería no ensañarse con el nefasto destino de la mercancía. Lo más probable es que terminaran repartidas por clubes y prostíbulos de toda la ciudad, o que tal vez las subastaran como si no fueran más que un objeto por el que pujar. No era un futuro demasiado agradable, y ellas lo sabían. De hecho, ese era el motivo de que el piso estuviera desnudo de espejos y decoración: una vez, algunas de las chicas habían intentado suicidarse haciendo añicos un jarro y tragándose los pedazos de porcelana rota. Consiguieron salvar a algunas, pero la mercancía dañada no era fácil de vender, así que desde entonces habían retirado del piso cualquier objeto que pudiera ser utilizado para autolesionase.

Tras hacer una mueca ante aquél pensamiento, Adam subió una mano y miró el reloj que envolvía su muñeca. Esperaba que aquél rato se le pasara rápido. No quería permanecer allí más tiempo del necesario.




Adam Harker
Y el cuervo, inmutable, continúa instalado allí, sobre el pálido busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi habitación, y sus ojos se parecen a los ojos de un demonio que sueña; y la luz de la lámpara, cayendo sobre él, proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de esta sombra que yace flotante sobre el suelo, no podrá volver a elevarse. ¡Nunca más!
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Adam Harker

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