The Purge

Que el señor bendiga a los nuevos gobernantes porque dejan que purifiquemos y limpiemos nuestras almas, Dios bendiga a Estados Unidos, una nación renacida.
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Huyendo de la ley • Reivan von Haider

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Huyendo de la ley • Reivan von Haider

Mensaje por Adam Harker el Vie Sep 05, 2014 4:33 pm

Adam se llevó el cigarrillo a los labios y le dio una rápida calada antes de dirigir la mirada al cielo. Era una noche especialmente cerrada, oscura; la triste luz que arrojaban las farolas a penas conseguía combatir las sombras que se cernían desde todos los rincones de la calle. Pero casi que era mejor así. Al fin y al cabo, la oscuridad siempre era una aliada en las operaciones clandestinas. El frío que había traído el crepúsculo también era un punto a favor: mantenía alejada a la gente y a los posibles testigos, aunque a él le parecía de lo más agradable. Le encantaban las noches frescas en las que el helor se colgaba a través de su camiseta y la brisa le revolvía el pelo.

La carretera estaba totalmente desierta, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta que se encontraba en un barrio periférico y prácticamente deshabitado, destinado sobre todo a albergar almacenes o pequeñas fábricas. No obstante, Adam no tardó en divisar los faros de una furgoneta que se deslizó por el asfalto hasta alcanzar su posición, abriéndose paso entre las sombras. Paró justo delante de él antes de que uno de los cristales descendiera, permitiéndole ver así el rostro del conductor. Era un tipo robusto, con el cabello rapado y los hombros cubiertos de coloridos tatuajes. Llevaba unas gafas de sol a pesar de que hacía horas que el sol se había esfumado, pero se las subió a la frente para poder echarle un vistazo a Adam.

¿Eres tú? –gruñó. Su voz sonaba ronca y desagradable, pero Adam decidió aguantarse y no emitir queja alguna. Cuanto antes terminara con aquellos tipos, mejor–. ¿Tú eres el enlace?  

–respondió Adam, observando la furgoneta de forma discreta. Era grande, pero la pintura negra la volvía discreta. No llevaba ningún signo distintivo, y lo más probable es que la matrícula fuera falsa. Era un vehículo idóneo para transportar droga–. Los paquetes están en el callejón.  

Bien –el tipo asintió y se giró hacia el asiento del copiloto, donde había otro hombre de aspecto similar, para hacerle una señal. Este, comprendiendo el mensaje, descendió del vehículo y caminó hacia la parte trasera de la furgoneta. Deslizó una de las puertas correderas, y de allí salieron otros dos hombres de hombros anchos. Adam se preguntó por qué todos los traficantes de droga tenían que tener aquél aspecto de matones. Resultaría mucho más discreto que adoptaran una apariencia más normal.

Venga, flaco –uno de ellos se acercó a Adam con una mueca de impaciencia en el rostro–. Mejor si hacemos esto rápido.

El moreno arrugó la nariz, nada complacido con aquél apelativo, pero se dio la vuelta y comenzó a conducir a los tipos hacia el callejón, que se encontraba unos pocos metros más allá de la furgoneta. Le dio una última calada a su cigarro y se deshizo de él lanzándolo a un lado antes de adentrarse entre las estrechas paredes de ladrillo. La colilla dibujó un arco luminoso en el aire, pero se apagó en cuanto alcanzó el suelo.

Los hombres le siguieron hasta que alcanzaron un montón de cajas. Algunas de ellas estaban vacías, y otras contenían residuos y basura de las fábricas circundantes. Sin embargo, una guardaba varios paquetes de cocaína que habían sido descargados hacía tan solo un par de horas. El trabajo de Adam había sido vigilar la mercancía durante el margen de tiempo que había estado escondida allí. No es que fuera un empleo demasiado honorable, y no se sentía orgulloso de ello, pero por lo menos le daba dinero. Además, en los últimos años había aprendido a convivir con aquél tipo de actos; hacía tiempo que se le había caído la venda de los ojos, y ahora sabía que la justicia y la ley eran solo utopías que podían venderse por un puñado de miles de dólares. Todo el mundo tenía un precio, y él no iba a ser menos.

Es esa de ahí –dijo, alzando una mano para señalar una caja en concreto.

Uno de los matones se aproximó a ella y levantó la tapa para examinar el contenido con aire inquisitivo. Al descubrir los paquetes de droga, sonrió y le hizo un gesto a los demás.

Aquí está, amigos –dijo. Su voz tenía un acento que Adam no supo identificar–. Dinero en polvo.

Durante los siguientes minutos, los tres hombres se dedicaron a trasladar los paquetes de cocaína a la furgoneta a paso rápido y constante. El tipo calvo continuaba sentado al volante, y ni siquiera había apagado el motor del vehículo. Era un acto preventivo; al fin y al cabo, en aquella clase de trabajos nunca sabías cuándo te tocaría salir corriendo... o huyendo. Adam conocía los riesgos del oficio, ya que incluso había estado en la cárcel por ello. Sin embargo, desde que lo pusieron en libertad había aprendido a cuidar más sus pasos, a ser más sigiloso. No estaba dispuesto a que lo pillaran otra vez.

De pronto, el silencio de la noche fue interrumpido por un sonido lejano pero estridente. Los matones detuvieron su marcha y alzaron la cabeza casi al unísono. Sus rostros dibujaron una mueca de desagrado, y no era para menos. Aquello que se oía en la lejanía, eran las sirenas de los coches patrulla. Sobresaltado, Adam dio un par de zancadas y alcanzó la carretera. Examinó el horizonte, pero no distinguió nada anormal. Sin embargo, sabía que los vehículos policiales no tardarían en hacer acto de presencia. Lo más probable es que hubieran alcanzado aquella zona en un par de minutos.

¡Joder, rápido! –el calvo del volante le pegó un grito a sus compañeros, que se apresuraron a alcanzar la furgoneta. Tiraron los fardos de cocaína en su interior y se dieron la vuelta para regresar al callejón y coger los últimos que quedaban, pero recibieron una orden distinta–: ¡Olvidadlo, vámonos ya! ¡Esos cabrones estarán aquí en dos segundos!

Los matones se precipitaron al interior de la furgoneta. Cuando las puertas se cerraron, Adam se percató de que él no disponía de ningún vehículo. Intentó que los hombres se lo llevaran de allí con ellos, pero la única respuesta que consiguió fue un violento empujón que lo mandó contra la pared.

¡Salva tu propio culo! –exclamó el calvo, volviéndose a colocar las gafas con una sonrisa maliciosa.

Para cuando Adam se recuperó del golpe que había recibido contra el muro, la furgoneta ya desfilaba a gran velocidad sobre el asfalto, con las luces premeditadamente apagadas. Se perdió en la oscuridad en cuestión de un instante, casi al mismo tiempo que los primeros coches patrulla asomaron al final de la calle. Las intermitentes luces anaranjadas parecieron inundarlo todo.

Mierda... –Adam chasqueó la lengua y se movió lo más rápido que pudo, adentrándose en el callejón donde aún había algunos paquetes de droga. Sabía que habría sido mucho mejor que se los hubieran llevado todos, ya que eran una prueba demasiado esclarecedora. Si lo encontraban allí con aquellos quilos de cocaína, volverían a encerrarlo. Pero no iba a permitirlo. Se negaba a rendirse.

Sintiendo que su cuerpo comenzaba a emanar un torrente de adrenalina que fue directo a su corriente sanguíneo, Adam se adentró en el callejón buscando alguna vía de escape. Entornó los ojos para intentar ver algo entre las sombras, pero tardó un poco en acostumbrarse a la escasa iluminación que había allí. Las sirenas sonaban cada vez más fuertes, y al final fue capaz de distinguir el chirrido de los frenos de los coche patrulla aparcando en medio de la calle.

Ya estaban allí.

De pronto, Adam distinguió algo en una de las paredes. Sonrió al percatarse de que eran los peldaños de una escalera de mano. Probablemente condujera a la azotea de las pequeñas naves industriales que se alzaban a los lados del callejón, aunque no se concedió mucho tiempo para pensar en ello. Se abalanzó hacia las escaleras, tomó un poco de carrerilla y saltó para poder agarrarse al primer peldaño, que quedaba un poco elevado. Luego impulsó su cuerpo hacia arriba y consiguió afianzarse. Las barras que servían para subir estaban sucias y oxidadas, pero le importó muy poco: aquella era su única vía de escape y no estaba dispuesto a desperdiciarla.  




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Y el cuervo, inmutable, continúa instalado allí, sobre el pálido busto de Palas, precisamente encima de la puerta de mi habitación, y sus ojos se parecen a los ojos de un demonio que sueña; y la luz de la lámpara, cayendo sobre él, proyecta su sombra en el suelo; y mi alma, fuera del círculo de esta sombra que yace flotante sobre el suelo, no podrá volver a elevarse. ¡Nunca más!
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Re: Huyendo de la ley • Reivan von Haider

Mensaje por Invitado el Lun Sep 08, 2014 11:13 am

La noche delataba lo simple que era la humanidad y como todos y cada uno de nosotros moriría solo el sol decidiera desaparecer. En la casa de los von Haider, la cena estaba preparada, puesto que mi hermana debía descansar y antes de hacer el turno nocturno quería que ella durmiese, aunque bien es sabido que en la adolescencia la rebeldía fluía por las venas de la menor. Aquello solo me alegraba, no es que fuera muy fanático de aquellos que no tienen cierta rebeldía contra el mundo. La lucha, la llama y el fuego por los ideales me habían hecho ser de la CIA. Todo tenía un porqué y aquel se basaba en la honestidad y la justicia por sobre la maldad de un mundo en decadencia. Aquella noche auguraba algo importante, la caza de uno de los narcos que tanto tiempo y búsqueda habíamos hecho, puede que nos trajese respuestas a tantas preguntas.

Salí de casa cogiendo las llaves de mi moto, era negra como la noche cerrada, aquel transporte era mi compañero pero sobretodo me gustaba por esa sensación de libertad que con el coche no podía permitirlo. Con el coche la adrenalina era en otros aspectos. Me puse el casco del mismo color y me monté en aquel corcel de dos ruedas. Fui a toda velocidad por las calles en dirección a la oficina de la CIA, no iba a llegar tarde otra vez a causa de pequeñeces y menos en un caso tan importante, ya que me habían advertido que habían localizado a unos delincuentes en una furgoneta, ese transporte era demasiado típico entre el tráfico de armas, drogas, personas… y se delataban de algún modo. Acción, llevaba tiempo en busca de ésta. La necesitaba.

Cuando llegué a las oficinas de la CIA, aparqué la moto a un lateral y subí las escaleras, abriendo la enorme puerta del edificio, allí observé a cada uno de los trabajadores y compañeros que les tocaba el turno nocturno. Uno de los novatos se acercó como perrito perdido en medio de un establo lleno de vacas y bueyes. Suspiré cansado por la larga noche que nos esperaba pero a la par emocionado. Estaba en el departamento de la NCS ( National Clandestine Service) por lo que era difícil y nos arriesgábamos. En el pasado me había infiltrado en una banda a la que habíamos logrado encarcelar, aunque aún quedaba un fugitivo en búsqueda y captura. Sin duda, formar parte del servicio de seguridad, era un trabajo apasionante y más aun cuando ya teníamos todos los datos de cada uno de esos individuos, a los que ahora tocaba coger y meterlos en el trullo.

Miré al joven y sonreí leve-¿Qué se te ha perdido?-pregunté con tranquilidad, pero buscando a mi equipo, los cuales estaban en la mesa de investigación, pero el jovencito me paró, lo pasé por el lado debido a su inusual silencio y fui directo donde estaban el resto de gente. Abigail con café en mano, ella era rubia y con cierta necesidad de hacer deporte pese a pasarse mucho tiempo en el gimnasio, por otro lado estaba Andrew, el cual se las daba de inteligente aunque a decir verdad, no es que no lo fuera. Era un gran estratega pero con una imaginación fuera de lo común que muchos lo denominaban “el raro” en la misma agencia. Gale, por otra parte era el más rancio y seco, curiosamente con el que mejor me llevaba de todo el equipo, pelirrojo y de ojos claros, parecía haber salido de la misma Irlanda, aunque era nativo de USA. Por último, la jefa del equipo, pelinegra demasiado estricta aunque muy buena en su trabajo. Teníamos una relación de discusiones, pero ambos sabíamos que el uno sin el otro no se podía avanzar. Allí se encontraban todos preparados, poniéndose las armas en sus posiciones, los imité solo llegué, recibiendo la mala mirada de la jefa (Emily)- Reiv, por los pelos, vuelve a llegar tarde y no lo cuentas-dijo en tono serio, cosa que hizo que rodara los ojos. Siempre era lo mismo.

Me puse las armas en el chaleco debajo de la chaqueta negra, la placa en el bolsillo y salí de allí con ellos en silencio. Andrew me hizo un resumen del plan, a mi me tocaba ir a por los que quedaban “sueltos” cuando huyesen de nosotros. Me parecía una buena idea. Aunque con el cabreo que llevaba encima a causa de las palabras de Emily no estaba mucho por la labor de ir a buenas. Era eficiente y profesional en el trabajo, ¿Qué más daba llegar un par de minutos tarde? Estúpida jefa. Subí en uno de los coches, en solitario, mientras los demás iban en grupo. Encendí la radio donde nos comunicábamos con la policía y el resto, mientras dejaba el móvil en el salpicadero, siempre usábamos coches de civiles, sin nada que resaltara nuestra procedencia. Solo las luces cuando perseguíamos a alguien. El coche negro de la brigada era el que solía coger. Los demás eran oscuros pero nunca llegando a ese color o ausencia de color.

Cuando subí, arranqué el chevrolet y seguí a los demás, las pistas nos indicaban a una zona alejada de Nueva York, donde habían visto por última vez dicha furgoneta. Las artes marciales aprendidas me ayudarían en caso de que se pusieran en mi contra, junto con la defensa personal. En la Academia nos habían enseñado a enfrentarnos a situaciones extremas, por lo que aquello no sería difícil. Conducía siguiéndolos, hasta que me informaron que debía dispersarme, por lo que opté por la opción de rodearlos, teniendo a otro coche tras de mí, pero ellos eran de la policía, las luces encendidas de colores hacía que el resto de la humanidad bailase a su son, apartándose coches y viandantes. Puse mi luz azul sobre el capó y corrí tras lo que parecía la furgoneta negra que perseguíamos, hasta que observé no muy lejos como uno de ellos se quedaba suelto. Mi objetivo.

Desvié mi ruta y aparqué el coche de malos modos cerrándolo y lo perseguí corriendo allá por donde el tipo seguía. Al parecer era un marginado dentro de ellos. Triste. Seguí sus pasos de manera rápida, subiendo por esos peldaños sin importar como había quedado el resto, solo centrándome en él. La adrenalina recorría mi cuerpo con ansia, mientras subía por allí hasta donde se encontraba. Cogí carrerilla y salté cogiéndome con fuerza, subiendo hasta donde se encontraba.

Iba a alcanzarlo.

Levanté el arma apuntándolo, sin disparar, pero tampoco sin dejar de correr. Mi plan no era matarlo ni mucho menos, aunque si podía herirlo no me importaría. Solo para poder alcanzarlo. El tipo ese tenía buenas piernas para correr y se libraría si fuese otro poli, uno de esos gorditos que comen donuts, pero no era mi caso. Ese hombre debía tener mi edad o por ahí, aunque me daba exactamente igual. Me lo jugaba todo en esta misión, y que cojones, tenía orgullo.

Corrí hasta que me puse cerca de donde estaba, me tiré contra él haciendo que ambos cayésemos al suelo, le cogí las manos y se las doblegué intentando que se quedase inmóvil a mi merced. Respiraba acelerado por lo rápido con lo que lo había hecho todo. Lo presioné fuerte pero intentando no hacer más daño del necesario, solo como advertencia. Aunque era bien sabido que estaba jugando con fuego y ellos sabían defenderse, no dudaba de que el delincuente fuera a decepcionarme en ese sentido.

Lo hice girar bruscamente para verle los ojos y tenerlo a mi merced. Saber quién era el que huía. Su belleza…era comparable a su ilegalidad, pero no iba a negar lo verdadero. Mierda. Negué esos pensamientos y lo miré seriamente- Bien, ahora es cuando te esposo y cierras la boca. Lo entiendes ¿verdad?-le dije sonriendo leve, aunque había una parte de mi que deseaba dejarlo escapar para volver a perseguirlo en otra ocasión. Su rostro me era conocido, de otra jugada con la ley, pero no sabía quién era exactamente. De todos modos no me levanté de él, haciéndole presión para que de algún modo descansase y se liberase. Honor, justicia. No iba a ser corrupto por…ser él así. Iba contra mis principios. Era vida o muerte. Huir o atraparlo. Mirarlo o esposarlo. Dilemas bailando en la mente…pero mientras lo apresaba con fuerza.

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Re: Huyendo de la ley • Reivan von Haider

Mensaje por Adam Harker el Lun Sep 08, 2014 5:09 pm

Adam alcanzó el borde de la azotea casi sin darse cuenta. Empleó la fuerza para encaramarse, ignorando las magulladuras que los peldaños le habían hecho en las manos, y se puso en pie tan rápido como pudo para comenzar a correr. Ni siquiera sabía dónde iba, pero lo importante era alejarse del callejón y de los restos de droga tanto como le fuera posible. Su única esperanza era llegar al otro lado del tejado y descubrir algún modo de bajar a la calle de atrás, desde donde podría escapar sin encontrarse de morros con la policía. Sin embargo, sus aspiraciones se vieron truncadas cuando escuchó el sonido de unos pasos ajenos justo detrás de él. Le estaban persiguiendo y aquello bastó para que acelerara la marcha sin molestarse en mirar atrás, aunque no lo hizo lo suficientemente rápido: un impacto, un golpe, y de pronto se encontró rodando por la azotea.

Lo siguiente que notó fue el frío del suelo contra la cara. Intentó moverse, pero algo -o más bien alguien- se lo impedía. Se removió intentando soltarse del agarre que le apretaba las muñecas, pero detuvo su resistencia en cuanto sintió un punzante dolor atravesándole los brazos desde los hombros a la punta de los dedos. Quien fuera que lo tenía agarrado, sabía hacerlo condenadamente bien. Estaba totalmente inmovilizado por el momento.

En cuanto le dieron la vuelta y dejó de tener el pecho pegado al suelo, Adam separó los labios y tomó una pequeña bocanada de aire. La pequeña carrera lo había dejado sin aliento, sentía los pulmones comprimidos por el esfuerzo. Pese a su trabajo, mentiría si dijera que estaba acostumbrado a correr para escapar. Sus tareas solían ser bastante tranquilas: vigilar mercancía, ejercer de enlace, poner en contacto a dos contrabandistas para que se dedicaran a sus negocios... normalmente nunca se dedicaba al trabajo de campo, pero ahora que lo habían atrapado lamentó no tener la musculatura de los matones que iban dentro de la furgoneta. Aquellos cabrones... esperaba que los hubieran atrapado también, por dejarle tirado con la policía pisándole los talones. Ojalá les quitaran toda la mercancía y se pudrieran en una celda. Aunque por el momento era él el que tenía que preocuparse de no terminar encerrado en una.

Adam escrutó a su captor con una rápida mirada. Lo primero en lo que cayó era en que no llevaba el uniforme de policía, así que tal vez perteneciera a una unidad especial. Genial, aquello lo ponía todo más difícil. Y además era notablemente más fuerte y grande que él, lo que tampoco le resultaba de alivio.

Lo único que entiendo es que eres un capullo –siseó como respuesta a sus palabras. En otra ocasión se había mostrado más razonable, pero aún tenía la adrenalina disolviéndose bajo las venas. Su instinto defensivo había tomado el relevo después de que lo hubieran abandonado en la cera y perseguido hasta arrebatarle su posibilidad de huída. Y eso por no mencionar que aquél tipo lo había hecho rodar por el suelo de la azotea como si fuera un trasto–. ¡Casi me matas con ese placaje, maldita sea! –le reprochó con una mirada iracunda. Sentía pequeñas punzadas de dolor por todo el cuerpo, y estaba convencido de que le saldrían varios cardenales por el revolcón.

Tras soltar un quejido de dolor, Adam dejó caer la cabeza contra el suelo. Suspiró para intentar que su respiración se normalizara, aunque fue en vano. Movió los hombros en un círculo, agradecido de no tener los brazos inmovilizados como antes, y luego volvió a mirar al capullo que lo había metido en aquél lío y que, por alguna razón incomprensible, parecía sentirse a gusto manteniéndose sobre él.

No puedes detenerme, rubia –murmuró tras echarle un vistazo a su cabello dorado, que parecía refulgir aún pese a la falta de luz que había allí arriba. En otro momento quizás se hubiera tomado un tiempo para admirarlo, pero ahora estaba demasiado ocupado intentando buscar algún modo de escapar de su precaria situación–. No llevo nada encima y tampoco voy drogado. Estoy limpio. “Soy inocente hasta que se demuestre lo contrario”, ¿no es eso lo que os gusta decir a los capullos como tú?

Adam curvó sus labios en una pequeña y maliciosa sonrisa de suficiencia. Lo que había dicho era cierto: no llevaba nada ilegal encima, ya que él no poseía ni consumía drogas. En una situación normal no podrían haberle arrestado... pero él tenía un bonito expediente criminal, y aquello bastaba para que pudieran llevárselo sin necesidad de pruebas. Sin embargo, aquél tipo no tenía por qué saber nada de aquello. Tal vez cayese en la trampa. Tal vez se lo tragara. Tal vez no fuese tan inteligente como atractivo.




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Re: Huyendo de la ley • Reivan von Haider

Mensaje por Invitado el Jue Sep 11, 2014 4:02 am

Acción. Adrenalina. Eso es lo que me aportaba la CIA. Siempre tenía ases en la manga en cada situación, por ello cuando lo inmovilicé, no dudé en cogerlo fuerte por si acaso, aunque sus piernas no estaban del todo dominadas bajo mi cuerpo. Eran buenas armas. Pese a que la ley me amparaba, había de decir, que no estaba mal jugar en una pequeña sala un poco alejada de las normas. La justicia y el honor me resguardaban y ante cualquier pregunta podría salir con otras respuestas bien trabajadas. No me apetecía del todo mandarlo a la cárcel por ser un lento corriendo ¿Dónde estaba la gracia si el supuesto delincuente lo dejaba todo fácil? Así no había quien se lo pasase bien arrestando. Así que aunque aún no le diese las buenas noticias terminaría por dárselas, como un detalle sin importancia. Aunque con algo a cambio.

Cuando dijo aquello, lo miré enarcando una ceja ¿en serio quería jugar a eso? ¿Por qué los delincuentes esperan que los aplaudamos cuando tienen esas ocurrencias teniendo las de perder? La seriedad inundó mi rostro, frío y poniendo el escudo protector ante lo desconocido. Nada de buenas caras. Ni una sonrisa. Estaba más cercano de lo que debería, de haber sido un delincuente común simplemente le hubiese puesto las esposas y en este caso lo pensé pero no moví nada. Solo lo apretaba como si de un muñeco hinchable se tratase. Joder, que mierda.

-Placaje o no, soy yo el que dice que debes hacer o no, pedazo de imbécil. Encima un delincuente del tres al cuarto…-respondí con pesadez, esta noche esperaba coger a uno de los jefes de narcotraficantes y había tenido que coger a este…atractivo quejica. Pero ya que se me había jodido la noche, él me las pagaría de algún modo. Y no iba a dejarlo escapar tan fácilmente, eso lo tenía claro. Podía hacerle más de un placaje si era necesario y sin recurrir a ellos también podía atacarlo con sutilidad. A fin de cuentas, solo era un delincuente más, con un posible historial y sin nada más que añadir. Triste y decepcionante.

-Iré al grano. Vamos a hacer un trato…te suelto y a la próxima te esfuerzas más en que no te coja, porque no sirves ni para entretenimiento.-me levanté sobre él y dejé que se levantase. Aquello me iba a costar ciertas críticas por parte de la jefa, pero en esos momentos me lo sudaba todo- O si lo prefieres te esposo y te quedas un día en el maravilloso calabozo que tenemos, sin condiciones y con interrogatorio incluido, tú eliges.-respondí serio y sin rodeos. Dudaba que decir que se me había escapado, hiciera que me quitaran la placa o algo, tenía buen expediente en la policía (quitando de algunos problemillas), así que no me preocupaba. Como mucho me retirarían del caso y era algo que también dudaba. No. No había nada de lo que preocuparse.

-Déjate de idioteces, eso es lo que hay. Lo tomas o lo dejas. Y los delincuentes de poca monta como tu sois lo más fácil de coger, así que piensa rápido que tengo cosas más importantes que hacer.-le dije con simpleza. No era cierto. Esta noche tocaba cazarlos y mi turno terminaba cuando lo alcanzara, así que podía tomarme una cerveza antes de ir al centro de la CIA. Él se delataba como un simple súbdito de los grandes, los peces grandes tenían seguridad, era una enorme jerarquía y él parecía ser el peldaño más pequeño. Nadie de aquella calaña era tan fácil de alcanzar y menos con un simple placaje. Noche decepcionante en cuanto al trabajo.

-Y preséntate.-dije seco, cogiéndole del brazo impidiendo que se fuera o al menos esa era la idea, no dudaba en golpearlo para atontarlo si hacía falta. Por desgracia era el que menos usaba las palabras de todo el centro, así que…había caído en malas manos. Pero también debía admitir que le permitía irse solo porque pensaba en estos momentos en lo condenadamente atractivo que era y si lo llevaba al calabozo, no lo volvería a ver. No era muy buena imagen como agente de la CIA, pero nadie lo sabía ¿no?.

-Puedes inventártelo, pero también puedo buscarte con facilidad-sonreí de lado, malicioso, no me gustaba dejar los cabos sueltos y con él, me apetecía hacerlo “personal”. Jugar al gato y al ratón de esa manera sería cuanto menos, entretenido, por lo que no me importaba. Siempre terminaban perdiendo, aunque muy a mi pesar, evitaría que fuese a ningún lugar encerrado…porque ese sería mi trabajo en cuanto al pelinegro. Debía dejar de pensar en las necesidades humanas y más en la ley, por algo trabajaba para la segunda. Cada uno había elegido un camino, caminos diferentes.

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Re: Huyendo de la ley • Reivan von Haider

Mensaje por Adam Harker el Jue Sep 11, 2014 10:17 am

“Delincuente del tres al cuarto”. Adam frunció un poco más el ceño ante aquellas palabras. ¿Delincuente del tres al cuarto? ¿Quién demonios se pensaba que era aquél engreído con aires de suficiencia? ¿Qué sabría él de lo que había hecho o dejado de hacer para atreverse a llamarle de aquél modo? Tal vez no estuviera orgulloso por sus crímenes y su carrera como criminal -él se había formado para ser profesor, no para estar entre rejas-, pero no iba a consentir que le hablaran en aquél tono. Además, él no estaba allí para entretenerle. Si quería entretenimiento, que se fuera a dónde sea que iban los capullos como él para divertirse, pero que lo dejara en paz con sus asuntos. ¿Por qué no había podido encontrarse con un policía corriente, uno al que pudiera comerle la cabeza sin más? ¿Por qué siempre se daba de bruces con las personas más complicadas y atípicas que caminaban sobre la tierra? Comenzaba a pensar que era gafe o algo así.

Que te den –gruñó tras levantarse del suelo. Las piernas aún le dolían, pero agradeció poder ponerse en pie de nuevo, ya que aquello le permitió recuperar parte de la dignidad que le habían arrebatado. Se sacudió un poco la ropa, palmeándose la cazadora de cuero y los vaqueros oscuros con las manos para eliminar el polvo que se había adherido a ellos al rodar por la azotea, y luego le dedicó una mirada cargada de hostilidad al rubio–. Yo no estoy aquí para entretenerte, ¿lo sabías?

¿Qué clase de agente dejaba escapar a un detenido con aquellas condiciones? No es que se le hiciera muy tentador pasar una noche en el calabozo sentado sobre aquellos bancos que parecían de piedra y sufriendo las miradas despectivas de los policías a través de los barrotes -además, seguro que los traficantes se mosquearían si se enteraban de que se había dejado atrapar-. Sin embargo, la idea de aceptar el extraño trato de aquél tipo tampoco le gustaba. Al fin y al cabo él tenía su orgullo, y no iba a permitir que lo dejaran escapar a cambio de convertirse en un juguete al que perseguir. No quería deberle favores a nadie. Y encima el muy capullo le venía con aquellas órdenes y sus aires arrogantes, como si llevar una placa lo convirtiera en el individuo más importante del Universo. ¿Es que esperaba que lo respetara después de el trato que acababa de proponerle? Pues estaba muy, muy equivocado.

Oh, sí, claro que tienes cosas más importantes que hacer –dijo Adam en tono burlón, poniendo los ojos en blanco durante un momento mientras terminaba de arreglarse la ropa–. Seguro que tienes más delincuentes del tres al cuarto a los que atrapar para dejarlos escapar después, ¿hm? –aventuró divertido antes de sonreír con malicia de nuevo–. O tal vez tengas que cepillarte esa bonita melena tuya.

Cuando el tipo lo agarró por el brazo, Adam dejó escapar un pequeño siseo. Era condenadamente fuerte, casi tanto como los matones de la furgoneta... aunque claro, su aspecto era muy diferente. Ojalá la gente con la que trabajaba en los trapicheos fuera como aquél rubio, así por lo menos podría alegrarse la vista.
Adam alzó una mano casi por inercia y la condujo hasta el pecho del rubio con la intención de empujarlo y alejarlo de él para soltarse, pero al final la dejó allí, sin más, sintiendo el calor del cuerpo ajeno a través de las capas de ropa. Estaba seguro de que empujar a aquél hombre no serviría para nada más que para hacerle enfadar y, siendo sinceros, su gélida mirada conseguía intimidarle lo suficiente como para no querer llegar a las manos con él. No es que él se asustara fácilmente, pero era consciente de que tenía todas las de perder en un combate cuerpo a cuerpo, aunque aquello era algo que jamás admitiría en voz alta. Al fin y al cabo, resultaba evidente que el rubito ya tenía una arrogancia bastante notable como para agrandársela.

Bueno, si tanto insistes... –murmuró tras dejar escapar un bufido con el que se apartó algunos mechones oscuros del rostro–. Soy Adam –no le preocupaba dar su nombre real, ya que al fin y al cabo la policía tenía todos sus datos guardados en algún remoto lugar de sus archivos y ocultar su identidad no le serviría de mucho–, la persona que te va a patear el culo como no me sueltes ahora mismo –amenazó sin poder evitarlo antes de comenzar a forcejear.




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